Fragmento Tomado del Libro “Meditaciones del Ave María” 

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Cuando el Ángel saluda a María la llama “Llena de gracia”. ¿No podríamos afirmar que estas dos palabras “gratia plena” sintetizan maravillosamente todo lo que el celestial mensajero ve de sobrenatural, portentoso y divino en la humildísima Doncella de Nazaret? ¿No vienen a ser estas dos palabras como definición divina de María? De donde se sigue que, si nosotros alcanzáramos a penetrar a fondo el significado de estas dos palabras: gracia y plenitud, tendríamos la idea más cabal que puede poseer la inteligencia humana de las excelencias y prerrogativas de nuestra divina Madre’

LA PLENITUD DE LA GRACIA Empecemos por estudiar la medida en que fue colmada de gracia la Madre de Dios Las palabras del Ángel, “Llena de gracia” nos permiten opinar en este punto cardinal de la presente meditación: la medida de la gracia que recibe María no es otra que Ia plenitud. Pero antes, para concretar bien nuestro punto de vista, notemos que la palabra gracia, en la integridad es su significado, incluye todo don, todo favor, privilegio y dignidad, concedidos a la criatura humana, así en el orden natural como en el sobrenatural, en el alma y en el cuerpo… Pero se emplea más comúnmente en la Ascética y en la Teología, para designar las mercedes y dádivas divinas de orden sobrenatural y comprende la gracia santificante, las gracias actuales, las virtudes infusas y los dones y frutos del Espíritu Santo.

Vamos a centrarnos  casi por completo a la gracia santificante, a saber, a la gracia sobrenatural que recibimos en el Bautismo, que permaneciendo habitualmente en nosotros, nos hace amigos de Dios, participantes de la naturaleza y vida divinas, y herederos de la gloria’.

Ante todo nos urge prestar oído atento a 1o que 1a Teología perenne nos dice de María para acertar en la interpretación de las palabras del Ángel. Pío IX en la bula “Ineffabilis Deus’, al comentar las palabras con que el Ángel saluda a María, dice así: .Con esta singulat y solemne salutación nunca oída hasta entonces, se nos muestra a la Deípara como el trono de todas las gracias de Dios y adornada de todos los carismas del divino Espíritu; más aún, como e1 tesoro y el abismo infinito de todas las gracias” Podemos glosar el pensamiento del Papa de la Inmaculada con la doctrina de Alberto Magno, Doctor de la Iglesia y Maestro pre clarísimo de Santo Tomás de Aquino. Todos los Teólogos de buena gana suscribirían su doctrina. Según este Santo Doctor, María fue: Llena de gracia porque tuvo las gracias comunes y particulares de todas las criaturas. ‘Llena de gracia Porque ‘tuvo gracias que no se hallan en criatura alguna, sino solamente en Ella, como son la Maternidad divina, la exención de todo pecado (lo cual debe entenderse también de la exención del pecado original desde el primer instante de su Concepción Inmaculada) y de toda tendencia al pecado ‘Llena de gracia porque su gracia fue tan perfecta que una pura criatura es incapaz de recibir otra mayor. Llena de gracia, en fin, porque tuvo en sí misma encerrada la Gracia increada toda entera’ y porque por esto mismo fue llena de gracia de todas las maneras posibles. Hasta aquí el gran Doctor. Insistamos un poco sobre este asunto. Todos los santos, y aun aquellos cristianos imperfectos que de cristianos parece que no tienen otra cosa que el santo Bautismo, han participado de la gracia divina; pero al venir a la vida no la tuvieron por la culpa de origen: la han alcanzado más tarde con tasa y limitación (secundum mensuram donationis Christio), conforme a 1o que enseña el Apóstol; a saber, conforme a la misión que el cielo ha confiado a cada uno en orden a Cristo y a su Iglesia. Una es, pues, 1a gracia que recibe San Pablo (vaso de elección para evangelizar a las gentes, y otra la señalada para el íntimo de los fieles. Oigamos a San Bernardo: Leemos en los Hechos de los Apóstoles que Esteban estuvo lleno de gracia, y que los Apóstoles estuvieron llenos del Espíritu Santo, pero muy de otra manera que María: porqu,’ a más de otras tazones, ni en aquel habitó la plenitud de la Divinidad corporalmente como habito en María, ni éstos concibieron del Espíritu Santo ‘Tampoco ninguno de los ángeles podía igualar a María. No es el siervo mayor que su señor, ha dicho Cristo; y María es la Señora y Reina de los ángeles. María es finalmente la elegida para una consanguinidad natural con Cristo, para ser su Madre, y para tener una participación muy directa, muy única en la obra de la Redención, para ser como el cuello del Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia, por medio de la cual han de llegar a todos los redimidos las gracias que de la Cabeza, Cristo Jesús, descienden a sus miembros, los hijos de la Iglesia. Pero conviene precisar bien las ideas. La plenitud suma en esencia y extensión, la plenitud absoluta, es la propia de Cristo; la gracia de María alcanza sólo una plenitud relativa; pero tan grande, que, atendida la sabiduría y el recto orden con que obra la divina Providencia, no puede concebirse otra criatura más llena de gracia que María; porque jamás ha de crear Dios una Madre de un hijo más grande que su Unigénito. Este mar inmenso y sin riberas de gracia sobrenatural depositado en María da de sí todo 1o que puede dar en una pura criatura, y es como un crisma sagrado que del alma rezuma en su cuerpo virginal, se extiende a todos los momentos de su existencia y a todas las actividades de su vida santísima.

El crecimiento de la plenitud. La mañana del día de la Encarnación el Ángel llama a María llena de gracia: pero no de otra manera pudiera haberla saludado el día de su Concepción Inmaculada. Su predestinación para Madre de Dios reclamaba en todos los momentos de su existencia una medida de gracia, sin medida la plenitud de todo don sobrenatural. Pero atinan los teólogos que dicha gracia, suma y perfecta desde la aurora del ser de María, iba creciendo y aumentando de día en día con nuevas avenidas en E11a, llovidas del cielo sobre el alma benditísima de la Virgen: avenidas desbordadas de mercedes sobrenaturales que eran secundadas por la cooperación máxima de la fidelidad a Dios de la Esclava del Señor. No podemos regatear privilegios a Aquella a quien el Todopoderoso se las prodigó a manos llenas.

  1. A) En primer lugar, no cabe duda de que María, llena y saturada de sobrenaturalidad desde su Concepción purísima, en ciertas etapas de su vida terrestre recibió nuevos y crecientes caudales de favores de todo género, y sobre todo de gracia santificante’ de esta gracia celestial que hacía a la Madre participante de la naturaleza divina del Hijo, así como el Hijo por medio de María, se hacía participante de la naturaleza humana de la Madre. En consecuencia, tenemos derecho de suponer que, por ejemplo, el día de su Presentación al templo y ofrecimiento al Señor , el día en que juró su voto de perpetua virginidad, el de la Encarnación, el de la Natividad . . . el Viernes Santo, el de la Resurrección, por Pentecostés . . . un océano móvil de todas las gracias debió inundar el alma de María. Aquí no hay nada que repugne a la sana Teología, ni tampoco a lo que acabamos de afirmar sobre el hecho innegable de la plenitud de la gracia de la Santísima Virgen. Una comparación sencillísima, mil veces traída a este propósito, nos 1o declara de modo suficiente: Un niño de tierna edad tiene su vestido apropiado, Y su cuerpecito queda plenamente vestido . . . Con el tiempo, su cuerpo ira desarrollándose; pero tan relativamente completo era su vestido de niño, como lo es hoy el del joven, como mañana será el del adulto. Pues de manera análoga hay que hablar de la plenitud de la gracia de María cuando el Arcángel de la Anunciación la saluda llena de gracia.
  2. B) En segundo lugar, volvamos nuestra mente al aumento incesante de gracia que supone la fiel cooperación de María a todos los movimientos de la gracia y a las inspiraciones del Espíritu Santo. Los demás hombres regenerados por el santo Bautismo, si bien en medida inmensamente inferior, han recibido igualmente la gracia divina, pero a veces la destruyen con el pecado mortal, o la empañan con sus faltas cotidianas, o la mantienen estéril en el corazón. La Virgen, empero, no sólo no perdió un átomo-si es lícito hablar así-del cúmulo ingente de gracias de todo género que recibió ya desde su Concepción Inmaculada, ni las tuvo infructuosas, ni desatendió una sola de las que Dios le iba comunicando . . . sino que las hacía fructificar en toda su ubérrima fecundidad. Ella misma con una sola palabra, que’ por lo sencilla, para muchos pasa inadvertida’ nos ha revelado y puesto de manifiesto su fidelidad absoluta a las inspiraciones del cielo.

Dicha palabra la ha proferido María en su respuesta al mensajero celestial: aquí la esclava del Señor, le dio la Doncella de Nazaret; lo cual equivalía a decirle: No soy ni me considero mía, no me pertenezco: Dios es el Señor y quien debe mandar en mí, y disponer todas las cosas según su divina voluntad. Ahora bien: enseña el Doctor Exmo ya han hecho suya esta doctrina teólogos eminentes- que si un alma correspondiese plenamente a las gracias actuales, y obrase según toda la intensidad y plenitud de la gracia santificante que hay en ella. .. doblaría la suma total de la caridad y el mérito. ¿No es éste cabalmente el caso de María? Si pues la Virgen al venir a la vida estaba llena de gracia, y esta gracia a cada hora… iba creciendo en tan maravillosas proporciones… ¿cuál sería la gracia de María al llegar Ella al día supremo de su eternidad? De suerte que la divina Madre, aunque colocada en plano inferior y sin duda también muy distinto al de Jesucristo, al igual que su Hijo santísimo, fue creciendo de día en día en sabiduría y gracia delante de Dios, delante los hombres. Cada día se iba perfeccionando en la Inmaculada Virgen la imagen de Dios. Era María la criatura limitada y finita que cada instante se iba aproximando, tanto como le permitían sus fuerzas, al Creador infinito. Dicha aproximación no podía tener término: sólo traía una imagen que excluye todo crecimiento: la imagen adecuada del padre, su Verbo y Unigénito.

Meditación del Ave María “LLENA ERES DE GRACIA”